Hace un año el mundo era totalmente diferente a hoy. Rebeliones con las cuales nadie contaba, crisis cuya dimensión nadie se imaginaba. Mucha seguridades se fueron a bolina como el papalote.
Al final de enero, hace una año, la prensa anunciaba que Berlin y Paris daban por salvada la situación de la crisis del euro. La ministra de hacienda de Francia, pregonaba que la unión monetaria había recuperado la confianza de los mercados. Claro está, que la confianza de los mercados es imprescindible pra la zona-euro, pero eso no se obtiene cuando se declara por decreto presidencial, que la crisis ha terminado. La crisis se mantiene aún pero la ministra de hacienda vive hoy en Washington como presidenta del FMI, pues el ex-presidente no solo ya no es presidente del FMI ni candidato a la presidencia de Francia, sino que por su obsesión sexual es un jubilado proscrito.
En febrero del 2011 el Primer Ministro italiano Silvio “Bunga Bunga” Berlusconi estaba bien sentado en su puesto, al igual que sus homólogos de España, Portugal y la primera ministra de Eslovaquia. Hoy ninguno de los cuatro está en su puesto.
Hace un año huyó de Túnez el dictador vitalicio Ben Ali. Todo parecía ser un episodio fugaz y una fuga de una revuelta local, pero los egipcios se lanzaron masivamente a la calle y en Siria fracasó un intento de hacer lo mismo. La Libia muda parecía ser el paraíso para Muammar al-Gaddafi. Una rebelión contra él parecía hace un año tan irreal como el abandono del poder por Mubarak. Hoy uno está muerto y el otro por morirse ingresado en un hospital sin cargo alguno, a no ser los que le imputa la justicia.
En Noruega nadie conocía hace un año el nombre de Andres Breivik y Osama bin Laden estaba sentado tranquilamente en Shangri-La jodiendo la pita en cruzada contra el occidente. Todo cambió en un o menos de un año para Noruega y para Al-Qaeda y bin Laden.
Podemos considerar al 2011 como el año del poder libertador u opresivo de la decisión del individuo. Un poder que parece aún extraño no obstante a los sucesos del 1989 pero que domina a pasos de siete leguas los sucesos actuales.
No importa si son doctores, presidentes o simples individuos. Las circunstancias juegan su papel pero es el coraje del libre albedrío o la falta del mismo para la decisión correcta lo que domina el panorama mundial. Los modelos de interpretación apocalípticos y con una sobredosis social-psicológica vienen de una época en la que rango y título daban sublimidad y posición en la cadena alimenticia social. Esa época está terminando. El individuo y su libre albedrío está tomando cada vez más fuerza. EL esfuerzo por tomar decisiones constructivas y no destructivas en un mundo cada vez más globalizado es aún extraño para cada uno por lo que la búsqueda de un espíritu simbólico o de una figura redentora produce lamentablemente el entusiasmo por conceptos incompatibles. Es un ejército de buscadores de flor en flor.
Las sorpresas no van a cesar. En Siria ya no lo queda al gobierno más que masacrar al pueblo. En África está todo en vilo, Israel, Gaza, Sudán, Pakistán, Nigeria, Corea, Tibet y el Mar Chino, y los diferentes piratas supranacioanles con sus redes computarizadas son los códigos de futuras sorpresas.
Debe ser el ser humano el que decida si nos dejamos controlar o no. Las computadoras y máquinas sólo obedecen órdenes humanas. El instinto moral de saber lo que es falso o correcto no tiene nada que ver con títulos, premios o galardones.
James Angleton, un agente legendario de la CIA de los años sesenta describió el deseo insatisfecho de los servicios secretos de querer saberlo todo con la frase siguiente: “El Mundo es una selva llena de espejos”. La posibilidades técnicas de cada uno sobrepasan hoy a los “Angleton” de este mundo.
La selva de espejos rodea hoy en día a cada cual y la única brújula que funciona en esta selva es una moral que no pregunta si algo puede usarse para la ventaja individual sino que si ayuda o daña, si es correcto o erróneo. Eso cobra cada vez más importancia mientras más influya el individuo común en los procesos.
